sábado, 3 de mayo de 2025

Este pasillo llamado Chile

 (Reseña publicada en FilmAffinity)

“Denominación de origen” plantea su conflicto explícito entre San Carlos y Chillán, dos ciudades del centro-sur de Chile, la primera de unos 50.000 hábitantes y la segunda algo más grande. Yo vivo a unos 90 minutos en auto al norte de San Carlos, pero nunca la he visitado. Más al sur está Chillán, una ciudad más parecida a la mía en dimensiones y que he visitado solo una vez. Pero sancarlinos y chillanejos (aunque el DLE diga chillanense) sí he conocido bastantes y, a pesar de que cada ciudad o pueblo tiene su logro distintivo, su pasión particular y unas cuantas palabras extrañas, no difieren mucho de un talquino como yo o de cualquier chileno provinciano. Y en toda provincia chilena hay disputas. Peleas del pueblo chico contra el menos chico, recelos de hermano menor contra el mayor.

Chillán es conocida por sus longanizas, las mejores de Chile, que mezclamos con guisos y estofados y usamos para hacer un choripán (pan francés, longaniza y, ojalá, pebre). Hasta que esta película llega y nos revela que las mejores-mejores, las originales, realmente son las de San Carlos. Y así parte esta historia: en el año 2018 se organizó un concurso de longanizas en Chillán y la ganadora fue la fabricada como método de reinserción laboral por un centro penitenciario. La celebración no duró mucho: hubo un error. El centro era de San Carlos y según las bases solo podían participar empresas chillanejas. Les quitaron el premio.

Alguien tenía que hacer justicia y reivindicar a los sancarlinos. Un grupo de personas con coraje, con pasión y que no tuviera nada que perder. Ese grupo es nuestro cuarteto protagonista, héroes carismáticos e improbables. Luisa, una entusiasta activista social de un barrio que podría ser cualquiera en Chile; DJ Fuego, un joven que vive de la autogestión precaria para levantar sus proyectos musicales, audivisuales y económicos; el Tío Lelo, fabricante de longanizas, viejo campesino que cree que aún no es tarde para aprender a leer; y Juan Peñailillo, un abogado relajado, algo vulgar y algo fracasado que ve en esta misión un camino para recuperar su reputación. Juntos preparan el plan de conseguir la “denominación de origen” para la longaniza de San Carlos. Para que sea reconocida como la mejor deben ganarle a Chillán, pero no es tarea fácil. La película va relatando en clave documental (¿lo es?) no solo las peripecias del grupo y su intento de organizar a todos los fabricantes de longanizas de la comuna, sino también la realidad de una provincia chilena cualquiera, su precariedad e incluso pobreza, la burocracia de sus instituciones, y diversas situaciones que se pueden dar en un pueblo así: los intereses, las tensiones, los dolores, el humor, la picardía (que nuestro futbolista Gary Medel bautizó como “chispeza” chilena).

“Denominación de origen” es una comedia, y no una liviana, ligera o simplemente efectiva como han dicho algunos críticos extranjeros. Tal vez porque no saben lo dulce y agraz del retrato que hace de estas personas que todo chileno ha conocido en su vida. Es una comedia exquisita, como las longanizas y los choripanes, que ocupa las teclas precisas para desbordar en risas sin burlarse ni ridiculizar, que abarca el absurdo y el humor negro haciéndolo siempre con cariño y respeto por las personas que retrata. Nos hace partícipes y cómplices de la historia. Queremos conocerlos, hablar y “carretear” con Luisa, Tío Lelo, DJ Fuego y Peñailillo. Porque no son actores profesionales haciendo un papel más: son sancarlinos, chilenos, narrando su propia historia.

Ni es una comedia ligera ni es tan solo una comedia. También es un drama, y, como los buenos, sobre la condición humana. Sobre qué es lo que nos mueve (de forma consciente e inconsciente) y sobre el absurdo de la vida que a veces enfrentamos. Pero, en este caso, es una condición humana más particular: “Denominación de origen” muestra una buena parte de lo que se siente ser chileno, sobre todo uno de fuera de la capital. No es solo nuestra forma de hablar, nuestros sabores y olores, o la música de los barrios y del campo. Es una forma de ser, una manera de agachar la cabeza y volver a levantarla. Esa gracia que aparece al reírse en la desgracia. Esa manera triste de sentirse poca cosa o de aceptar dignamente el destino cruel. La extraña necesidad de que venga alguien de fuera a decirnos que sí, que somos buenos en algo, o esa mezcla rara de complicidad y desconfianza en nuestro trato. Tal vez también esa necesidad ineludible de identidad y pertenencia, que se filtra hasta en la propia lectura que estoy haciendo, como muchos, de esta película.

Vivimos atrapados entre el blanco de una cordillera monumental y el azul abismante del Pacífico. La tierra se retuerce cada ciertos años. El paisaje nos obliga a la humildad, a la cautela, al miedo, a la esperanza y a veces a la resignación. Somos pequeños, sí, pero a ratos queremos ser gigantes. Más grandes que Chillán. Y cuántas veces hemos fallado esa tarea y volveremos a fallar. A veces mejor ni intentarlo. Esta historia es la de cuatro chilenos que quisieron hacer algo por su pueblo y por ellos mismos. Contaban con poco más que una pasión, que más que una pasión parecía una forma de sobrevivir, una forma de hacer amigos, de hacer comunidad. La última esperanza para levantarse juntos y, en caso de volver a caer, caerse juntos también. Porque quizás cuando en el trailer una longanicera le pregunta a Luisa por qué está liderando esta lucha si ella no fabrica longanizas, estamos viendo la pregunta fundamental a la que todo en esta película busca dar una respuesta. “Denominación de origen” es la película más chilena que he visto. Es el sello de nuestra “denominación de origen” como país. Y es una gran, gran película. Casi todo chileno compartirá eso último y, ojalá, estas líneas sirvan para que quien la ve desde afuera se adentre con el contexto y la perspectiva necesarias. Imperdible.