(Reseña publicada en FilmAffinity)
“Denominación de origen” plantea su conflicto explícito entre San Carlos
y Chillán, dos ciudades del centro-sur de Chile, la primera de unos
50.000 hábitantes y la segunda algo más grande. Yo vivo a unos 90
minutos en auto al norte de San Carlos, pero nunca la he visitado. Más
al sur está Chillán, una ciudad más parecida a la mía en dimensiones y
que he visitado solo una vez. Pero sancarlinos y chillanejos (aunque el
DLE diga chillanense) sí he conocido bastantes y, a pesar de que cada
ciudad o pueblo tiene su logro distintivo, su pasión particular y unas
cuantas palabras extrañas, no difieren mucho de un talquino como yo o de
cualquier chileno provinciano. Y en toda provincia chilena hay
disputas. Peleas del pueblo chico contra el menos chico, recelos de
hermano menor contra el mayor.
Chillán es conocida por sus longanizas, las mejores de Chile, que
mezclamos con guisos y estofados y usamos para hacer un choripán (pan
francés, longaniza y, ojalá, pebre). Hasta que esta película llega y nos
revela que las mejores-mejores, las originales, realmente son las de
San Carlos. Y así parte esta historia: en el año 2018 se organizó un
concurso de longanizas en Chillán y la ganadora fue la fabricada como
método de reinserción laboral por un centro penitenciario. La
celebración no duró mucho: hubo un error. El centro era de San Carlos y
según las bases solo podían participar empresas chillanejas. Les
quitaron el premio.
Alguien tenía que hacer justicia y reivindicar a los sancarlinos. Un
grupo de personas con coraje, con pasión y que no tuviera nada que
perder. Ese grupo es nuestro cuarteto protagonista, héroes carismáticos e
improbables. Luisa, una entusiasta activista social de un barrio que
podría ser cualquiera en Chile; DJ Fuego, un joven que vive de la
autogestión precaria para levantar sus proyectos musicales, audivisuales
y económicos; el Tío Lelo, fabricante de longanizas, viejo campesino
que cree que aún no es tarde para aprender a leer; y Juan Peñailillo, un
abogado relajado, algo vulgar y algo fracasado que ve en esta misión un
camino para recuperar su reputación. Juntos preparan el plan de
conseguir la “denominación de origen” para la longaniza de San Carlos.
Para que sea reconocida como la mejor deben ganarle a Chillán, pero no
es tarea fácil. La película va relatando en clave documental (¿lo es?)
no solo las peripecias del grupo y su intento de organizar a todos los
fabricantes de longanizas de la comuna, sino también la realidad de una
provincia chilena cualquiera, su precariedad e incluso pobreza, la
burocracia de sus instituciones, y diversas situaciones que se pueden
dar en un pueblo así: los intereses, las tensiones, los dolores, el
humor, la picardía (que nuestro futbolista Gary Medel bautizó como
“chispeza” chilena).
“Denominación de origen” es una comedia, y no una liviana, ligera o
simplemente efectiva como han dicho algunos críticos extranjeros. Tal
vez porque no saben lo dulce y agraz del retrato que hace de estas
personas que todo chileno ha conocido en su vida. Es una comedia
exquisita, como las longanizas y los choripanes, que ocupa las teclas
precisas para desbordar en risas sin burlarse ni ridiculizar, que abarca
el absurdo y el humor negro haciéndolo siempre con cariño y respeto por
las personas que retrata. Nos hace partícipes y cómplices de la
historia. Queremos conocerlos, hablar y “carretear” con Luisa, Tío Lelo,
DJ Fuego y Peñailillo. Porque no son actores profesionales haciendo un
papel más: son sancarlinos, chilenos, narrando su propia historia.
Ni es una comedia ligera ni es tan solo una comedia. También es un
drama, y, como los buenos, sobre la condición humana. Sobre qué es lo
que nos mueve (de forma consciente e inconsciente) y sobre el absurdo de
la vida que a veces enfrentamos. Pero, en este caso, es una condición
humana más particular: “Denominación de origen” muestra una buena parte
de lo que se siente ser chileno, sobre todo uno de fuera de la capital.
No es solo nuestra forma de hablar, nuestros sabores y olores, o la
música de los barrios y del campo. Es una forma de ser, una manera de
agachar la cabeza y volver a levantarla. Esa gracia que aparece al
reírse en la desgracia. Esa manera triste de sentirse poca cosa o de
aceptar dignamente el destino cruel. La extraña necesidad de que venga
alguien de fuera a decirnos que sí, que somos buenos en algo, o esa
mezcla rara de complicidad y desconfianza en nuestro trato. Tal vez
también esa necesidad ineludible de identidad y pertenencia, que se
filtra hasta en la propia lectura que estoy haciendo, como muchos, de
esta película.
Vivimos atrapados entre el blanco de una cordillera monumental y el azul
abismante del Pacífico. La tierra se retuerce cada ciertos años. El
paisaje nos obliga a la humildad, a la cautela, al miedo, a la esperanza
y a veces a la resignación. Somos pequeños, sí, pero a ratos queremos
ser gigantes. Más grandes que Chillán. Y cuántas veces hemos fallado esa
tarea y volveremos a fallar. A veces mejor ni intentarlo. Esta historia
es la de cuatro chilenos que quisieron hacer algo por su pueblo y por
ellos mismos. Contaban con poco más que una pasión, que más que una
pasión parecía una forma de sobrevivir, una forma de hacer amigos, de
hacer comunidad. La última esperanza para levantarse juntos y, en caso
de volver a caer, caerse juntos también. Porque quizás cuando en el
trailer una longanicera le pregunta a Luisa por qué está liderando esta
lucha si ella no fabrica longanizas, estamos viendo la pregunta
fundamental a la que todo en esta película busca dar una respuesta.
“Denominación de origen” es la película más chilena que he visto. Es el
sello de nuestra “denominación de origen” como país. Y es una gran, gran
película. Casi todo chileno compartirá eso último y, ojalá, estas
líneas sirvan para que quien la ve desde afuera se adentre con el
contexto y la perspectiva necesarias. Imperdible.