Un disco de los Fother Muckers (o
Föther Möckers, como me gusta
escribirlo) me espera en silencio a dos clics de distancia para aliviar una
hora de estudio de farmacología. Entre lápices, destacadores y una libreta encuentro el mouse inalámbrico, apunto el cursor y disparo: la operación
comienza. Un paper en inglés versus canciones
en español, una decisión que es demasiado obvia para un cerebro tan inquieto. Pero, rato después, la concentración llega a duras penas y
entre riffs y solos de guitarra voy conectando moléculas con receptores, enzimas de impronunciables siglas con traducciones rápidas a punta de googleo; aprendiendo trabalenguas que simulan ser medicamentos nuevos; conociendo a investigadores gringos, europeos y asiáticos et al., que no tardo en imaginar con corbatas y delantales. Intentando plasmar los conocimientos nuevos, lleno
una hoja de la libreta con palabras y garabatos escritos con un lápiz a punto
de secar. Paso a la siguiente hoja del paper. La música sigue, las dosis y vidas medias
también, la mirada busca dónde seguir leyendo el documento, volviendo a veces sobre
un párrafo y pensando qué línea destacar y con qué color. Cuando creo genuinamente
que la lectura va bastante bien, provechosa, entendiendo hasta ahora cómo
funciona este nuevo fármaco, reconozco una frase con la que Briceño arremete en
los parlantes. Una coincidencia precisa, casi diabólica: “a la industria farmacéutica no le interesa sanar a nadie, se alimenta
de la enfermedad, cuanto más haya, mejor”. Me río, y cómo no. Al elegir el álbum, el inconsciente probablemente me gastó una sutil broma. Pero la estrofa no solo me causa gracia,
hay algo más. Es la última canción. Han pasado 35 minutos y solo llevo 3 putas páginas.
«Mierda, por qué eres tan lento». Mientras apuro la lectura, el punteo y el
destacado, recuerdo el nombre del tema, Patio
de comidas. Y aquí yo con el estómago vacío, que justo ahora me cruje sincronizando con el final del disco, como si fuera un instrumento más. Ya es mucha la casualidad, me digo. «Mamá, voy a comprarme
un completo». Termina la sesión. Hojas recién impresas, esquemas y flechas ensayadas,
científicos japoneses, ratas de laboratorio, estimada profesora: adiós. Nos
vemos mañana en la micro, 40 minutos antes del control de lectura del paper de farmacología. Los esperaré con
los audífonos puestos y esta vez, para concentrarme mejor, dream pop en
inglés, aunque puede pasar que recuerde esa frase precisa y todo vuelva al mismo curso. Así será. En cualquier caso, no sería
la primera vez que nos encontremos en tales condiciones, tan poco pulcras. Una trémula
lectura, la mano derecha escribiendo en un papel puesto sobre las rodillas, la otra tecleando una proteína desconocida en el celular. No, definitivamente no sería la primera
vez y, aunque no lo quiera, estoy seguro de que tampoco será la última. “Igual me da lo mismo”.
Escuchar: Patio de comidas - Fother Muckers