Una noche de invierno se los vio
discutiendo en el fondo de la biblioteca, revisando una pila de hojas
corcheteadas y maltrechas. Sentados ante el impreso, repasaban los hechos
anteriores y construían acaso el bosquejo de un plan. En estos tiempos, de uno
de ellos se sabe bien poco, pero se dice con cierta seguridad que vagabundea
acompañado de un quiltro y una guitarra por las calles de un pueblo cercano.
Hay quienes dicen que se las arregla para ganarse la vida, que guarda libros en una mochila llena de agujeros mal zurcidos y que se le ve bastante contento. Del otro se ha sabido más: tiene familia, dos
hijos, está a meses de colgar un cartón más en la pared de su comedor y de
recibir las felicitaciones correspondientes, beso y abrazo, gracias compadre,
puchas que le ha ido bien, sí, sí, aquí andamos. Hace poco me lo encontré y le
pregunté de frente y a secas sobre esa noche. Me contó que lo recuerda a
menudo, su amigo, la biblioteca, los libros, las ganas, todo con linda nostalgia. Me dijo que él también ha estado contento y que, encerrado entre dos
destinos, la verdad es que nunca se sabe.