Un feto de elefante o la caricatura de un cóndor. Un dinosaurio de seis patas. Se transforma, se desmembra, se deshace, flota por unos segundos en una estado intermedio. Como un algodón de vapor dulce, finas hebras bañadas de sol. Contrasto esa nube amorfa, melena canosa sin cuerpo, con los vellos negros de mi brazo que estoy usando de almohada. Acostado en la cama de mis padres, los vellos acá y las nubes allá lejos, tras las huellas de mi sobrino marcadas en la ventana, atravesadas por los rayos del sol que estoy intentando ignorar. Escucho el viento golpear la cortina, el rumor suave del mar rompiendo en la arena. Lo contrasto con la velocidad de las nubes. Se mueven más rápido que el mar, las cortinas y las hojas verdes, pero, de alguna forma, más lento también. La nube principal parece un gran incendio y las pequeñas son el humo que va exhalando. Estoy pensando en que quisiera moverme como esas nubes, veloces pero tranquilas, mudas, cuando escucho acercarse a mi sobrino en su escúter.
- ¿A qué hora vamos a la playa?
No importa la hora que le diga ni en cuántos minutos, porque aún no afina esas nociones. No lo puede contrastar. Un día le pregunté qué edad creía que tenían sus abuelos y todos reímos con las respuestas, hasta él. Solo importa si iremos ahora a la playa o no, así que sí, vamos. Al tiro. Veloz, tranquilo, como un ninja sabio, como un viejo en paz. Hasta que la marea alcance el castillo y el balde, o hasta que el calor y las nubes se escondan bajo la noche y la brisa se vuelva ciega. Mañana estará el mismo sol, las mismas nubes. Mi sobrino será un día más niño, yo un día más viejo y, espero, más en paz.