Esta
no es ni la primera ni la segunda versión de la carta que intento escribirte,
Manuel. Ya perdí la cuenta, pero ha sido una tarde y cinco tazas de café. Mucha
tinta, no tanto papel. La carta anterior la mantengo sobre el escritorio,
arrugada y con la luz de la lámpara bañándola en cicatrices de sombra, y sigo
buscando la palabra. El resto sigue apilado en el basurero de mi pieza a la
espera de una buena idea para sacarlas directamente a la calle, sin pasar por el
bote del patio, que mamá sin falta revisa, tú bien sabes, nada secreto debe
caer ahí. El perro de los vecinos lleva ladrando todo el día y
recuerdo a Domingo. En el almuerzo mamá dijo algo sobre unas vacaciones, otro poco sobre cuidar a un perro, pero solo entendí cuando empezó a ladrar y mamá dijo que iba
a verlo. Al volver, los ladridos siguieron. Los ladridos, las vacaciones de los
vecinos y entonces Domingo en mi cabeza, ¿por qué tuviste que hacerlo, Manuel?
¿Por qué tuvo que ser justamente así? Las últimas dos tazas las ensayé con el
poco de whisky que quedó en la botella de tu visita anterior, que nada tuvo que
ver con esta, ni con el mensaje que me mandaste con mamá -que seguramente no
entendió-, ni con enfermedades, ni conmigo encerrado en la pieza llorando, ni
con el whisky a solas. La visita anterior fue sin novedades, y sin embargo
esta