traigo mi cuerpo hecho un cuesco de hilos
solo queda la lluvia
en que caes tersa
sobre mis hombros
-tras este espejo empañado
estoy desnudo de máscaras-
llevo mi muerte adentro la huelo
como un latido de flor blanca
ahogada de brisas, mis hombros caídos
un segundo a la vez, y entonces
cuando llegado el momento
ante aquel vidrio empapado de negro
me encuentre mudo e inerte
cuando los ruidos blancos discurran
por las paredes de piedra
sonreiré, tal vez
en mi último gesto
sonreiré, espero
de veras lo espero
con calma y ternura
un pulmón a la vez
en cada aliento resiste
la carne, el sueño, la lluvia
la sangre de ciervo apacible
la espalda erigida, los ojos cerrados
el cuesco de hilos, tantas veces resuelto
y vuelto a enredar
acomodo las tablas y el polvo
pausa en el rellano
en el paso siguiente, recuerdo
la herida por fin abarcada
la casa por fin encallada
sus sillas en orden
ventanas en cauce
hacia otra brisa nocturna
al borde de todo, de nada, del duelo
santo y fatal de mi muerte
de la lluvia que cae, tersa
sobre mis hombros
sobre esta piel tallada
que solo entonces
sonreirá, en el último gesto