(Reseña publicada en FilmAffinity)
“La Odisea” de Nolan es una película mayúscula y apabullante en varios
sentidos que no hace falta mencionar. Quien lea esto la vio o la verá, y
sabrá a qué me refiero: al silencio en que te deja no solo por tres
horas en la butaca, sino también por un buen rato después de terminada
la función. Es un viaje logradísimo por la historia más épica de nuestra
cultura; historia que se siente así incluso sin haber leído a Homero ni
haber visto alguna otra versión.
Empecé a amar el cine con Nolan y su Memento, a mis cortos 14 años.
Luego me adentré aún más en el cine de culto, en el clásico, un poco en
el cine “arte” y también en el más pop. Y en todo ese camino Nolan me
fue un poco desencantando, con Interstellar, aplaudida pero de guion
accidentado; la inentendible Tenet; o la presuntuosa Oppenheimer.
Se me hace inevitable sentir, entonces, que “La Odisea” no solo viene a
cerrar un ciclo personal de mi relación con el autor, sino también a
marcar quizás el mayor hito en su carrera. Porque usa lo mejor de la
técnica cinematográfica actual para sumergirnos en una épica llena de
acción, suspenso y drama, ajustando sus talentos y su experiencia para
dar con el mejor ritmo posible. Porque acaba de lograr, con Hoyte van
Hoytema, su colaborador habitual, la fotografía más bella de su carrera
(la escena de Penélope conversando con la silueta de Antínoo llena de
luz, por favor). Porque, aun sin haber leído el original, uno intuye los
puntos de su adaptación y su relectura de la historia, para hacerla
actual y universal, y para agregarle un mensaje personal no solo
antibélico, sino humanista integral. Vaya resultado. Porque a pesar de
que ya había grabado su nombre en la historia del cine, como “el mejor
autor de blockbusters” de este siglo, con La Odisea (“La Odisea de
Nolan” la llamarán) viene a pelear, con justicia, por un puesto mayor.
Y claro, estamos hablando de la historia de Ulises u Odiseo, tal vez la historia más grande jamás contada en este lado del mundo. Pero es inevitable hablar de Nolan. Es eso inevitable que cometen los que se atreven y logran hacer cine con mayúsculas. A hacer películas que entretienen, silencian e interpelan. Todo al mismo tiempo. Y que luego, inevitablemente, dan que hablar.